martes, 26 de enero de 2016

Comentario de Ana Luisa Topete Ceballos


Alfonso Reyes definió la poesía como “un combate contra el lenguaje, un mentar con las palabras lo que no tiene palabras ya hechas para ser mentado”.

Buenas tardes tengan todos ustedes. Es para mí un honor compartir esta mesa con mis compañeros, para hablar del inicio, de la búsqueda, de la poesía que vendrá de la mano, del corazón y de la pluma de Bernardo. Siento, estoy segura, que Bernardo nos invitó a compartir esta tarde porque, en Coco, como la gran maestra de Literatura en la adolescencia de este joven, encontró las reverberaciones, los ecos y el cálido aliento que él necesitaba para fijar un rumbo, para tomar la decisión de dedicar su vida entre la ciencia y el arte. Bernardo, como un hombre en búsqueda de sentido, se percató que, en aquellas clases de Literatura, se encontraba lo que más fuerte peso tenía: el alma de un artista, del ser que dedicaría su vida a envolverla con notas, con pausas y silencios y que hablara del mundo por medio de metáforas. Bernardo fue mecido bajo cuerdas de violines, que Carmela y Juan Manuel pulsaban; su cuna fue tejida con los cuentos leídos por ecos de Elia y Bernardo y arrullado por la música de Arnulfo Miramontes, Debussy, Mozart o Beethoven.

El hecho de acompañar a Bernardo esta tarde, me honra y me llena de profunda emoción; estamos aquí, en las primicias de un trabajo que hoy desenvuelve su alma y su pensamiento: Ella (alondra y escarcha), porque el alma de un artista no se agota, ya que está revestido de una sensibilidad innata y es, la sensibilidad, la característica de que, hoy en día, el mundo adolece.

Las remembranzas apresaron mi mente cuando Bernardo me pidió que lo acompañara en esta velada. Recuerdo, como si fuese ayer, cuando nació, un mes después de mi hijo menor, Alonso. Éramos, simplemente, tía y sobrino. Hoy tenemos otra perspectiva más que nos une: la Literatura.

Todo artista tiene una búsqueda, la de crear su propio estilo, ya que el artista es creador: como dijese el chileno Vicente Huidobro: “El poeta es un pequeño Dios”. Y tan busca su propio estilo, el artista, que adopta inclusive otro nombre. En el caso de Bernardo Jiménez, cuando se trata de desenvolver su alma en una profunda lírica, adopta el nombre de Maurizio Veletti: Bernardo Jiménez es el pianista que comenzó a forjar la tía Conchita Aguayo; Maurizio Veletti es el poeta, el que nace desde dentro, desde las entrañas, desde el Yo interior.

La poesía es difícil de definir, porque es mi Yo encarnado en letras, es mi Yo descifrado en palabras, es el ser inmerso en el sentimiento que es inseparable del hombre, del ser humano y, como dijese Rubén Darío: “La poesía es la camisa férrea de mil puntas cruentas que llevo sobre el alma. Las espinas sangrientas dejan caer las gotas de mi melancolía”.

La poesía nació con la música. Al tener inmerso un cántico propio, un ritmo en sus palabras, la música deja de lado la escritura para que ella cante con su propia voz y su propio ritmo. En Bernardo se conjugan lo que en un principio fue: un artista que canta con sus largas manos para dejarle el sonido de la música a la voz en Maurizio Veletti, a su propia voz cargada de nostalgia y de recuerdo, de anáforas, oximorones y metáforas que nos crean imágenes mentales por medio de la palabra que nace de un alma esculpida en el arte.

La poesía de Maurizio Veletti, prefiere las rimas asonantes como lo muestra este fragmento de versos endecasílabos del poema intitulado Ocultas en el fondo:

Ocultas en el fondo de un verano
limonado yacen dos caracolas
varadas en un golfo campirano
cual veleros que en las playas ancoran.

En este fragmento, además de su musicalidad marcada por las sílabas tónicas, se presentan también las analogías: de las caracolas, cual veleros; y el golfo campirano con playas.

En Ella (alondra y escarcha), se entremezclan los sentimientos humanos del amor y del dolor, con las ideas de búsqueda de la trascendencia en el horizonte divino en versos como: 

He santificado los martes con la levítica paciencia de un escriba 
y la resignada actitud de un eremita

O en esta otra: 

Ha sido mi canto, alondra, la ofrenda religiosa con la que he santificado los martes en tu memoria, grabando tu nombre con etérea tinta de imborrable escarcha.

Los caligramas, al estilo Apolinaire, aparecen formando rostros dibujados con palabras en que se expresa, en ellos, esa “escarcha” que queda reunida en los ventanales de mis palabras, como él lo expresa en su poesía.

En Maurizio se palpa la influencia del Modernismo al estilo de José Juan Tablada con sus Hai Kais, en que, en este haiku: Manos que tejen el viento/ plumas que crean el tempo se reúne la dualidad del artista porque sus manos tejen las palabras para convertirlas en poesía, en rima y ritmo; emplea el verbo tejer, palabra que contiene la misma raíz de la palabra castiza “texto”; por otra parte, plumas que crean el tempo; tempo, palabra que designa el ritmo en la música. Al mismo tiempo se advierte la remembranza de Federico García Lorca, cuando nombra a la mujer de arquitectura gitana, olivo aceitunero, o blanco viñedo resuelto cubierto de silencio. Maurizio Veletti es ese ser monástico que se encierra entre sus paredes y ventanas cubiertas de escarcha para que las musas ronrroneen a su oído el ritmo de los versos.

Termina con una Elegía en que sólo recuerda a quien se fue. Sólo queda el recuerdo de la musa quien inspiró las palabras. Como lo refiriera Pablo Neruda: “Me gusta cuando callas, porque pareces ausente…”

Te auguro el éxito que mereces, por tu amor al arte, por tu tenacidad y por esa sencillez que te caracteriza y que envuelve tu personalidad.

Muchas gracias.


Ana Luisa Topete Ceballos
Aguascalientes, 9 de octubre de 2008

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